La ceremonia del alms giving: los monjes al amanecer

Hay una cosa que pasa en Luang Prabang todos los días, al amanecer, que me cambió algo adentro. Se llama tak bat o alms giving: la ofrenda matutina a los monjes.

A las cinco y media de la mañana, cuando el cielo todavía tiene ese tono entre gris y naranja que no sabe bien qué ser, los monjes salen en fila de sus templos. Caminan descalzos por el asfalto frío, en silencio absoluto, con los ojos bajos y las cuencos de madera abiertos para recibir la ofrenda. Y los vecinos —arrodillados en la vereda, con bolsas de arroz glutinoso recién hecho— los van esperando y poniendo en los cuencos, en silencio, con una dedicación que tiene cientos de años.

Yo me levanté a las cinco para verlo. Todavía medio dormida, con la campera, sentada en el cordón de la vereda a una distancia respetuosa para no interrumpir. Y pasaron. Primero uno, dos, seis, veinte, cuarenta monjes de todas las edades. Algunos muy jóvenes, casi niños. Otros mayores con el paso cansado de quien lleva mucho tiempo caminando en silencio. Todos con la misma expresión de concentración serena, como si cada paso fuera un acto consciente y cada cuenco de arroz recibido fuera un regalo que se agradece con todo el cuerpo.

Me quedé ahí hasta que pasó el último. Y cuando la calle quedó vacía y el sol empezó a salir de verdad, me di cuenta de que había pasado cuarenta minutos sin sacar el celular. Sin necesitar hacerlo.