Luang Prabang está en el norte de Laos, en la confluencia del río Mekong y el Nam Khan, rodeada de colinas que se vuelven azules en el horizonte a ciertas horas de la tarde. Tiene unas cincuenta mil personas, cientos de monjes budistas, y un ritmo que no tiene equivalente en ninguna otra ciudad que yo haya visitado.
Todo ahí es lento. El tuk tuk va lento. El Mekong va lento. Los monjes caminan despacio por las calles con sus túnicas azafrán, mirando al piso, en un silencio que contagia. Las bicicletas son el transporte por excelencia y nadie parece tener apuro de llegar a ningún lado. Por las mañanas hay niebla que cubre el río y el olor a incienso sale de cada templo y de cada casa como si fuera la respiración de la ciudad entera.