Halong Bay: cuando te quedás sin palabras y está bien

¿Cómo te explico Halong Bay sin quedarme corta? Es de esas preguntas que me hago antes de escribir y que sé que no tienen respuesta perfecta. Porque Halong Bay es uno de esos lugares que existen más allá del lenguaje. Que cuando los ves, das un paso hacia atrás dentro tuyo y te callás la boca en señal de respeto.

Imaginate que navegás entre casi dos mil islas de piedra caliza que emergen del mar como monumentos naturales. Algunas tienen cientos de metros de altura. Algunas son tan angostas que parecen espadas de piedra clavadas en el agua turquesa. Algunas tienen cuevas adentro con estalactitas que cuelgan en silencio desde hace millones de años. Y entre todas esas formas la niebla de la mañana flota como si el paisaje estuviera todavía terminándose de inventar.

Tomé un tour en catamarán de dos días y una noche. No era lujoso —un camarote chico, baño compartido, comida simple— pero el barco navegaba y eso era todo lo que importaba. La primera noche anclamos entre las islas y el cielo que apareció cuando se fueron las luces del barco era un cielo que la mayoría de nosotros ya no vemos: lleno de estrellas, blanco de estrellas, con la Vía Láctea como un río de luz que cruzaba de un horizonte al otro.

Me quedé en cubierta hasta las tres de la mañana sin querer irme. Porque uno sabe que esos momentos son de los que se acuerdan. De los que después, cuando estés en el trabajo en un martes gris, vas a cerrar los ojos y vas a traer de vuelta.