Hanoi: el caos más hermoso que vi en mi vida

Llegué a Hanoi sin muchas expectativas. Pensaba encontrarme con una ciudad más del sudeste asiático: motos, mercados y calor. Pero Hanoi me voló la cabeza de una manera que todavía me cuesta explicar.

El aeropuerto está lejos del centro y el camino en taxi te da tiempo para mirar: arrozales al costado de la ruta, fábricas que se mezclan con templos, carteles en vietnamita que son para mí como jeroglíficos bonitos. Y de a poco la ciudad va apareciendo, más densa, más ruidosa, más viva.

El Old Quarter —el casco antiguo— es el corazón de Hanoi y tiene unas características únicas en el mundo: las calles todavía llevan el nombre del gremio que las habitaba. La calle del papel, la calle de la plata, la calle de los sombreros de bambú. Las casas son altísimas y angostas, como lápices parados uno al lado del otro, con las fachadas llenas de cables eléctricos que se mezclan y cuelgan formando una especie de tela de araña urbana. De noche, con las luces de los negocios encendidas y el vapor de las ollas de pho saliendo a la calle, parece sacado de una película que todavía no filmaron.

A la noche todo explotaba. El centro se transformaba en un escenario gigante donde todo el mundo salía a la calle: familias enteras con nenitos que llevaban globos luminosos, abuelitas bailando en grupos con música de altavoz en plazas improvisadas, adolescentes en motos haciéndose los interesantes, vendedores de banh mi —el sándwich vietnamita— con paneras enormes en bicicleta. Y en el medio, yo, con la mochila y la boca abierta, tratando de entender qué planeta era ese y si podía quedarme a vivir ahí.

Lo que más me sorprendió fue la mirada de los chicos. Esa curiosidad tan pura, tan sin filtro. Te miraban como si fueras parte de un cuento. Me sentí observada pero desde un lugar tierno, como si ellos también quisieran entender qué hacía yo ahí, en su ciudad-fiesta.